En días pasados en una de mis clases de yoga, practicábamos posturas de
equilibrio, y por supuesto sabemos lo difícil que esto puede ser. Seguí las
instrucciones de mi instructor pero no lograba mantenerme parada en un solo
pie. Respirábamos y volvíamos a
intentarlo, cuando el instructor nos mando a ver un punto fijo, para ejecutar la posición finalmente con éxito. Descubrí en
ese momento que lo que hacía al ejecutar la postura era verme en el espejo,
creyendo que de esa manera me saldría la posición. Cuando el instructor nos
hablo de la importancia de la concentración, entendí que solo así podía lograr
esa postura y cualquier otra.
Tal vez en la práctica del yoga, se cometen los mismos errores que
cometemos en la vida, al hacer cualquier tarea o actividad que necesite de
nuestra concentración, estamos más pendiente de lo que pasa a nuestro alrededor
y de ese mundo externo, que de nosotros mismos. El espejo representa ese mundo
exterior al que nos aferramos, la importancia que le damos a la opinión de los
otros, y a veces vivir en función de los demás, o viviendo según el estatus que
establecen otros, la familia, nuestros padres, amigos etc. Olvidándonos de
vivir para nosotros mismos, para nuestro interior.
La cosa es de otra manera, no es lo que el exterior el que pone las pautas,
no son la personas, o las costumbres, es al revés todo sale de adentro de
nuestra esencia, de nuestro corazón y lo mas difícil es buscar ese equilibrio
entre lo que somos, lo que hacemos, y adaptar todo eso con el mundo exterior.
Aunque a veces es inevitable no herir a alguien que pretendió colgar sus
propios deseos o sentimientos en nosotros. Pero si en lo que hacemos ponemos
nuestra esencia, nuestro corazón eso prevalecerá por encima de todo y las
personas que están en nuestro alrededor lo comprenderán. Igual que cuando hacemos
nuestras posturas de equilibrio, sin mirar el espejo, solo mirando dentro de
nosotros mismos.
Dilcia Guzmán de González
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